La oscuridad de los túneles de Marte se vio interrumpida por el fulgor plateado que emanaba de la piel del niño.
Valeria Miller no podía apartar la mirada de aquel pequeño ser que apenas unos minutos antes era un embrión y ahora la observaba con una sabiduría antigua, casi aterradora.
El niño no respiraba de forma agitada pese a la escasez de oxígeno en el búnker.
Su pecho se movía con una cadencia perfecta, rítmica, como si estuviera sincronizado con el latido mismo del planeta rojo.
Ricard