El silencio que siguió a la desaparición del Arca fue más ensordecedor que la explosión del Útero de Acero.
Valeria Miller permanecía sentada sobre el polvo rojo de Marte, con sus manos temblorosas aferradas a la cápsula del Fuego Original.
A su alrededor, el desierto marciano se extendía infinito, pero algo había cambiado. La arena ya no brillaba con el color púrpura de la Flota Negra.
Ahora, un suave resplandor esmeralda emanaba de las grietas del suelo, un rastro del sacrificio de Mateo.