La corteza de hielo de Europa, que había permanecido inerte durante miles de millones de años, comenzó a fracturarse con un rugido que se transmitió por el vacío del espacio como una onda sísmica de baja frecuencia.
En el centro de mando de la Estación Europa, Valeria Miller estaba suspendida en el aire, rodeada por un halo de electricidad estática y luz esmeralda.
Sus dedos ya no tocaban consolas físicas; estaban entrelazados con los nervios sinápticos de la propia luna.
Cada temblor del su