El olor a antiséptico y a café recién hecho fue lo primero que golpeó los sentidos de Valeria Miller.
No había rastro del ozono metálico de la Estación Europa ni del frío eterno del espacio profundo.
El suave pitido de un monitor cardíaco marcaba un ritmo constante, mundano y reconfortante.
Valeria abrió los ojos lentamente, esperando ver el resplandor blanco de la Infraestructura, pero se encontró con el techo de yeso blanco de una habitación de hospital iluminada por la luz dorada del atar