El valle de los Alpes, que hace apenas unas horas era un cuadro de paz idílica, se ha transformado en un escenario de pesadilla silenciosa.
Desde los ventanales de la Torre del Génesis, Sebastián observa cómo los colonos que trabajaban en los campos de cultivo se han detenido al unísono.
No hay gritos, no hay pánico. Solo una quietud mecánica. Uno a uno, los habitantes levantan la cabeza, revelando esos ojos de un gris ceniza, desprovistos de alma y voluntad.
Es un secuestro sináptico masivo