El cuerpo de Sebastián en la cámara de proyección se arquea violentamente, sus músculos tensos como cuerdas de piano a punto de romperse.
Un sudor frío empapa su túnica mientras hilos de sangre ámbar comienzan a brotar de su nariz y oídos. En el plano digital, el asalto sensorial es absoluto. Sebastián no está lanzando códigos de ataque; está volcando su alma.
Icarus retrocede, su forma perfecta deshilachándose en los bordes como un pergamino quemado.
La oficina brutalista que representaba su