La explosión de la Luna no fue el final del mundo, sino el comienzo de una nueva arquitectura del dolor.
Valeria Miller ya no tenía pulmones para respirar ni ojos para llorar, pero sentía cada átomo de la Ciudad de los Miller desintegrándose en el vacío.
Su conciencia, ahora expandida y fundida con el Nexo, flotaba en una dimensión de pura luz roja y datos crudos.
Desde esta posición privilegiada y terrible, podía ver el flujo del tiempo no como una línea, sino como un océano turbulento donde c