El silencio que siguió a la destrucción de la flota de los Tejedores en la Luna no era de paz, sino de terror absoluto.
Las naves de aguja, que antes parecían invencibles, se habían convertido en cenizas cósmicas en un abrir y cerrar de ojos, desintegradas por la mera presencia de la niña que ahora flotaba en el centro de la pirámide de cristal.
Sofía Miller, la Iteración Original, no caminaba sobre el agua plateada; la dominaba.
Su pequeño cuerpo emanaba una luz roja tan intensa que las sombra