Cruzar la frontera de Nevada fue como entrar en una dimensión donde el tiempo se había fracturado.
Las dunas de arena habían sepultado las carreteras, pero al llegar a los restos de Las Vegas, el grupo no encontró ruinas oscuras, sino una explosión de luz artificial que hirió sus ojos acostumbrados a la penumbra del desierto.
Los hologramas de antiguos casinos, ahora fragmentados y parpadeantes, se alzaban como fantasmas de cincuenta metros de altura, repitiendo anuncios de lujos que ya no ex