El Gran Salar de Utah se extendía ante el grupo como un océano de cristal blanco, una llanura tan perfectamente plana que la curvatura de la Tierra parecía ser lo único que limitaba la vista.
Bajo la luz de la luna, la sal brillaba con un fulgor espectral, reflejando el cielo estrellado y creando la ilusión de que caminaban sobre el vacío del espacio.
Pero en este espejo perfecto, no había sombras. No había dónde esconderse.
En el centro exacto de esta desolación se alzaba la Torre de Relevo