El cráter del volcán se había convertido en un coliseo de pesadilla. La luz dorada que emanaba de las venas de Sebastián iluminaba las paredes de azufre, mientras el poder digital de Mateo fluía a través de su sistema nervioso como lava eléctrica. El aire vibraba con el chirrido de la realidad desmoronándose: el choque entre la perfección fría del silicio y la voluntad caótica de la biología.
Sebastián, con los ojos convertidos en dos faros de luz blanca, sentía que su mente se fragmentaba. Cad