El cielo sobre Manhattan se había convertido en un lienzo de pesadilla.
Las nubes, antes blancas y esponjosas, ahora tenían la textura de estática de televisión vieja, vibrando con un tono grisáceo que hacía que el sol de la tarde pareciera una bombilla a punto de fundirse.
El Arca del Tiempo flotaba sobre el río Hudson como un dios de metal indiferente, proyectando una sombra que no solo oscurecía los edificios, sino que parecía borrarlos de la memoria de quienes los miraban.
Valeria Miller