Mundo ficciónIniciar sesiónMis pulmones ardían como si hubiera tragado brasas de carbón. Cada vez que mis pies golpeaban el suelo del valle, un latigazo de dolor subía por mi columna, recordándome que mi cuerpo humano todavía estaba procesando el trauma del vínculo roto. Kaelen me había enviado a una misión suicida: recorrer el valle y volver antes del anochecer. Para una loba en plenitud, sería un paseo; para una mujer herida, cuya loba interna estaba sumida en un coma de agonía, era una tortura.
El terreno era traicionero. Las raíces de los árboles se retorcían como manos esqueléticas que intentaban hacerme tropezar, y la humedad de la montaña convertía el suelo en una trampa de lodo resbaladizo. Me detuve un segundo, apoyándome contra un pino para recuperar el aliento. El silencio del bosque me rodeaba, roto solo por el lejano rugido de una cascada y el latido desbocado de mi propio corazón. En ese silencio, el recuerdo de la voz de Damián volvió a asaltarme. *“Eres un error de la naturaleza”*. Sus palabras eran como parásitos que se alimentaban de mi voluntad. Sacudí la cabeza, intentando borrar la imagen de su rostro orgulloso mientras me desterraba. No podía permitir que sus insultos fueran mi motor, porque eso significaba que él todavía tenía poder sobre mí. —No eres nada, Lia —me susurré a mí misma, pero esta vez no con autocompasión, sino con una fría aceptación—. Si no soy nada, entonces no tengo nada que perder. Seguí corriendo. La daga de hueso que Kaelen me había entregado golpeaba rítmicamente contra mi muslo, un recordatorio constante de que ya no era una protegida, sino una cazadora en formación. Al llegar al fondo del valle, el paisaje cambió. El bosque denso dio paso a un campo de rocas afiladas que rodeaban un lago de aguas negras y gélidas. Fue entonces cuando los vi. No eran los pícaros de la otra noche. Eran rastreadores de la Manada de Plata. Reconocí el uniforme de cuero gris y el emblema del lobo aullante en sus hombros. Mi corazón se detuvo. ¿Cómo habían llegado tan lejos? El territorio de Kaelen se suponía que era inaccesible. Me agaché detrás de una roca, conteniendo la respiración. Eran tres. Dos hombres y una mujer. Los conocía; eran del círculo cercano de los ejecutores de Damián. Estaban buscando algo, o a alguien. —El Alfa fue claro —dijo la mujer, revisando el suelo con ojo experto—. No quiere cabos sueltos. Si sobrevivió al bosque, no debe salir de estas montañas. Tania está paranoica, dice que hasta que no vea el cuerpo de la "ex-Luna", no podrá dormir tranquila. —Es una pérdida de tiempo —gruñó uno de los hombres, pateando una piedra—. Nadie sobrevive a un rechazo de Alfa y a una noche en este valle sin protección. Ya debe ser comida de cuervos. —Damián no se arriesga —replicó la mujer—. Sabe que Liam tiene una resistencia inusual. Y si de alguna manera logra llegar a otra manada y contar lo que pasó, la reputación del Alfa se hundirá. El rechazo de una pareja destinada sin una causa de traición real es... mal visto por las manadas aliadas. Me mordí el labio con tanta fuerza que probé la sangre. Así que eso era. No solo me había roto la vida, sino que ahora enviaba sicarios para borrar su pecado. La rabia, esa brasa oscura que Kaelen me había incitado a encender, estalló en un incendio dentro de mis venas. Mis dedos se cerraron sobre el mango de la daga de hueso. Mi primer instinto fue huir, subir la montaña y buscar la protección de Kaelen. Pero algo cambió en ese momento. Si seguía huyendo, siempre sería la presa. Si quería justicia, tenía que empezar a reclamar mi lugar en la cadena alimenticia. Salí de detrás de la roca. No con la gracia de una loba, sino con la determinación de una mujer que ya ha cruzado el umbral del infierno. —¿Me buscaban? —mi voz sonó clara, cortando el aire de la montaña como una cuchilla. Los tres rastreadores se giraron al unísono, sus ojos abriéndose con sorpresa. Por un momento, vi el miedo en sus rostros. No por mi fuerza, sino porque mi presencia allí, de pie y con la mirada encendida, desafiaba toda lógica. —Vaya, miren quién decidió aparecer —la mujer recuperó la compostura y sacó un cuchillo largo de su cinturón—. Nos ahorraste el trabajo de rastrearte, Liam. El Alfa te envió sus saludos finales. —Damián ya no es mi Alfa —respondí, bajando mi centro de gravedad como había visto hacer a Kaelen—. Y ustedes no son más que perros falderos siguiendo las órdenes de un cobarde. El más joven de los hombres se lanzó hacia mí con un rugido, transformando parcialmente su rostro; sus colmillos crecieron y sus ojos se volvieron amarillos. En otro tiempo, me habría encogido de miedo. Hoy, el miedo era un lujo que no podía permitirme. Recordé la lección de Kaelen: *“Usa su fuerza contra ellos. Son predecibles”*. Cuando estuvo a punto de alcanzarme, me agaché y giré sobre mis talones, dejando que su propio impulso lo llevara hacia adelante. Mientras pasaba a mi lado, hundí la daga de hueso en su costado. El arma entró con una facilidad aterradora, como si la propia daga tuviera hambre de la sangre de mis enemigos. El hombre soltó un aullido de dolor y cayó al suelo, sujetándose la herida que supuraba un humo negro extraño. La daga de Kaelen no era un arma común; estaba imbuida de algo que inhibía la regeneración de los lobos. Los otros dos se quedaron paralizados. —¿Qué... qué es esa arma? —preguntó la mujer, retrocediendo un paso. —Es el principio de su fin —dije, sintiendo una extraña calma. El segundo hombre, el más grande, se transformó por completo. Un lobo gris oscuro saltó hacia mí con las fauces abiertas. Esta vez no fui lo suficientemente rápida. Sus garras rasgaron mi hombro, lanzándome contra una roca. El dolor fue cegador, pero no me detuve. Me puse en pie antes de que pudiera volver a saltar. Sentí una vibración en la base de mi nuca. No era Lyra, era algo más antiguo, algo que dormía en los rincones más profundos de mi ADN. Mis sentidos se agudizaron. Pude ver el movimiento de los músculos del lobo antes de que atacara, pude oír el flujo de la sangre en sus venas. —¡Mátenla de una vez! —gritó la mujer, lanzándose también al ataque. Estaba acorralada entre un lobo furioso y una guerrera experta. En ese instante, dejé de luchar contra el dolor del rechazo y lo abracé. Lo convertí en una armadura. El lobo saltó. Yo no retrocedí. Me lancé hacia él, pasando por debajo de sus garras y clavando la daga en su pecho con una precisión quirúrgica. Al mismo tiempo, la mujer llegó por mi espalda, enterrando su cuchillo en mi hombro opuesto. Grité, pero no de agonía, sino de pura furia. Giré con la daga aún en la mano, golpeando su rostro con el mango y alejándola de mí. El lobo gris cayó a mis pies, gimiendo mientras la magia de la daga consumía su fuerza vital. Me quedé allí, de pie, con la sangre empapando mi ropa y la respiración entrecortada. La mujer rastreadora me miraba con puro terror. Yo era una sombra de la chica dulce que solía repartir pan en la aldea. Mis ojos, antes verdes, ahora tenían destellos plateados que no pertenecían a mi linaje conocido. —Vuelve con Damián —le dije, mi voz sonando como un eco de ultratumba—. Dile que me encontró. Dile que me vio morir. Pero sobre todo, dile que empiece a contar sus días. Porque cada noche que pase, estaré un paso más cerca de arrancarle la corona de la cabeza. —¡Estás loca! —chilló ella, viendo a sus compañeros caídos—. ¡El Alfa te cazará hasta el fin del mundo! —Él ya intentó matarme y falló —caminé hacia ella, y ella retrocedió hasta tropezar con la orilla del lago—. Ahora es mi turno de cazar. ¡Lárgate! Ella no necesitó que se lo dijera dos veces. Se transformó en una loba marrón y huyó por el bosque a una velocidad desesperada, dejando atrás a sus camaradas moribundos. Me desplomé sobre mis rodillas. El subidón de adrenalina estaba desapareciendo, dejando paso a una debilidad aplastante. Mis heridas sangraban profusamente y el frío del valle empezaba a calar en mis huesos. Miré la daga de hueso; la sangre de los lobos de Damián estaba siendo absorbida por el material blanco, que ahora brillaba con una luz tenue. —No estuvo mal para una "loba muerta" —la voz de Kaelen llegó desde lo alto de una roca. Levanté la vista. Él estaba allí, con los brazos cruzados, observando la escena con una mezcla de aprobación y algo que casi parecía respeto. —Me usaste de cebo —dije, tosiendo un poco de sangre—. Sabías que estaban aquí. —Sabía que alguien vendría —admitió, saltando desde la roca y aterrizando sin hacer ruido—. Necesitaba ver si tenías la voluntad de matar a los tuyos para sobrevivir. El perdón es para los que tienen hogar, Liam. Los desterrados solo tenemos la supervivencia. Se acercó a mí y examinó la herida de mi hombro. Frunció el ceño. —Ese cuchillo tenía veneno de acónito. Si fueras una humana normal, estarías muerta en diez minutos. Si fueras una loba normal, tardarías semanas en sanar. Puso su mano sobre la herida y cerró los ojos. Sentí una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo. El dolor disminuyó, pero no desapareció por completo. —¿Y qué soy yo, Kaelen? —pregunté, sintiendo cómo mi visión se nublaba de nuevo. Él me miró a los ojos, y por un segundo, vi un destello de algo parecido a la esperanza en su mirada plateada. —Eres la descendiente de una estirpe que los Alfas modernos intentaron borrar porque nos temían. Eres una Luna de Sangre. El rechazo de Damián no te destruyó; simplemente rompió el sello que mantenía tu verdadera naturaleza oculta bajo la mediocridad de su manada. Me levantó en sus brazos. Esta vez, no me sentí pequeña ni protegida. Me sentí como un arma que estaba siendo forjada en el fuego más cruel. —El sol se está poniendo —dijo él, mirando hacia el horizonte naranja—. Has vuelto a tiempo. Has matado a tus enemigos. Has sobrevivido. Hoy termina tu agonía, Liam. Mañana empieza tu transformación. Mientras me llevaba de vuelta hacia la cueva, miré por última vez hacia la dirección de la Manada de Plata. A lo lejos, las hogueras de la aldea empezaban a encenderse. Me imaginé a Damián brindando con Tania, celebrando su nueva vida, creyéndose a salvo. Sentí una pequeña vibración en mi pecho. No era un latido, era un gruñido. Muy profundo, muy tenue, pero estaba ahí. Lyra no estaba muerta. Estaba cambiando, adaptándose a la oscuridad que ahora nos rodeaba a ambas. —Ya voy por ti, Damián —susurré para mis adentros mientras las sombras de la montaña nos tragaban—. Disfruta de tu Luna falsa mientras puedas. Porque cuando yo regrese, no habrá rincón en este mundo donde puedas esconderte del rastro de mi rechazo.






