Mis pulmones ardían por el aire gélido, pero mi piel estaba encendida, marcada por el calor de ese beso violento y desesperado que Damián me había arrebatado. O que yo le había permitido tomar. La Magia de Sangre bullía en mis venas, alimentándose de la confusión de mis sentidos; podía sentir a Lyra, mi loba, aullando en la penumbra de mi mente, exigiendo más de ese contacto prohibido.
Kaelen caminaba a mi lado, envuelto en un silencio que pesaba más que la nieve que empezaba a caer. Su mirad