El barro se filtraba entre mis dedos mientras me arrastraba lejos de las puertas de hierro de la Manada de Plata. El vestido blanco, que horas antes era el símbolo de mi ascenso como Luna, ahora era una mortaja pesada, empapada por la lluvia torrencial que había comenzado a caer como si la propia Diosa Luna llorara mi desgracia. O tal vez se estaba burlando de mí. —Levántate, Lia —me susurré a mí misma, pero mi voz se quebró, ahogada por un sollozo que se sentía como si me estuvieran clavando cristales en la garganta. Damián me había rechazado. El hombre que era mi otra mitad, el Alfa que juró ante los ancestros que me protegería, me había arrancado el corazón frente a todos y lo había pisoteado para hacerle espacio a una alianza política. El dolor no era solo mental; era una agonía física que irradiaba desde el centro de mi pecho, donde el vínculo solía latir con calidez. Ahora, ese espacio estaba vacío, un agujero negro que devoraba mi energía vital. Lyra, mi loba, no respondí
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