capitulo 3

Desperté con la sensación de que mil agujas de hielo se clavaban en mi piel. El calor que sentí antes de desmayarme se había transformado en un sudor frío que me empapaba la ropa. Abrí los ojos con lentitud, esperando encontrarme bajo la lluvia, entregada a la muerte o a merced de los carroñeros, pero el techo que vi no era de nubes, sino de piedra oscura, lisa y pulida como la obsidiana.

Traté de incorporarme y un gemido se me escapó de los labios. Mi pecho ardía. No era una herida externa, era el eco del rechazo de Damián, ese vacío negro que ahora ocupaba el lugar donde antes latía mi corazón de loba.

—No te muevas —una voz resonó en la estancia, profunda y vibrante como el rugido de una tormenta lejana—. Tu cuerpo está intentando sanar un alma que ha sido arrancada a la fuerza. Si te exiges demasiado ahora, tus pulmones colapsarán.

Giré la cabeza y lo vi. Estaba sentado en una silla de madera tallada, en la penumbra de la habitación. No llevaba la piel que me envolvió en el bosque; ahora vestía unos pantalones de lino oscuro y nada más. Las runas en su pecho y brazos parecían moverse bajo la luz de las velas, como si tuvieran vida propia. Sus ojos plateados me observaban con una intensidad que me hizo sentir desnuda, a pesar de estar cubierta por mantas de piel gruesa.

—¿Dónde estoy? —mi voz era apenas un susurro áspero.

—En un lugar donde los ojos del Alfa Volkov no pueden llegar. Mi hogar. O mi refugio, según cómo lo mires.

Intenté recordar su transformación, la ferocidad con la que había despachado a los pícaros. No era un lobo normal. Su aura era pesada, ancestral, algo que no encajaba con ninguna de las manadas que conocía.

—¿Quién eres? —pregunté, logrando sentarme a pesar del mareo—. ¿Y por qué me salvaste? En el bosque dijiste que yo era una "llave".

Él se levantó. Su altura era imponente, llenando el espacio de la pequeña habitación excavada en la roca. Se acercó a la cama y dejó un cuenco de madera humeante sobre la mesa de noche. El olor era fuerte, a hierbas amargas y algo metálico.

—Me llamo Kaelen —dijo, y el nombre vibró en el aire con un peso milenario—. Y te salvé porque odio el desperdicio. Tirar a una Luna de sangre pura a los lobos por un acuerdo de tierras es la mayor estupidez que he visto en tres siglos.

Me quedé helada. ¿Tres siglos? Nadie vivía tanto, ni siquiera los Alfas más poderosos, a menos que...

—¿Eres un Ancestral? —pregunté con el corazón desbocado. Eran leyendas, cuentos para asustar a los cachorros sobre lobos que nunca morían y que vagaban por los bordes del mundo.

Kaelen esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Era una mueca de amargura.

—Soy lo que queda de una estirpe que tu querido Damián cree haber extinguido de los libros de historia. Pero no estamos aquí para hablar de mi edad, Liam. Estamos aquí porque tu loba está muriendo.

El pánico me atenazó. Busqué a Lyra en mi interior. Nada. Solo un silencio gélido.

—Él me rechazó —dije, y las lágrimas que juré no volver a derramar acudieron a mis ojos—. Se supone que es el fin. Cuando un Alfa rechaza a su pareja, ella se marchita. Soy una loba sin manada, sin pareja... no soy nada.

Kaelen soltó una carcajada seca y se sentó en el borde de la cama. Sus ojos plateados brillaron con una luz feroz.

—Eso es lo que ellos quieren que creas. Es la mentira que los Alfas usan para mantener a sus Lunas sumisas. "Sin mí, no eres nada". "Mi rechazo es tu muerte". Tonterías. El vínculo es un lazo, sí, pero Damián no te dio tu poder. Tú naciste con él. Él simplemente era el parásito que se alimentaba de tu luz.

Me tomó de la barbilla con firmeza, obligándome a mirarlo. Sus dedos estaban calientes, un contraste violento con mi piel fría.

—Escúchame bien, Lia Silva. Tu loba no está muriendo porque Damián no la quiera. Está muriendo porque tú crees que lo necesitas para existir. Ella se ha encerrado en una prisión de dolor porque tú le has dado la llave a ese imbécil.

—Me duele —sollocé, incapaz de contenerme—. Siento como si me estuvieran quemando viva por dentro.

—Es el vínculo rompiéndose. Deja que queme. Deja que consuma todo lo que fuiste para él. Solo cuando las cenizas de la Lia débil se hayan enfriado, podremos ver qué hay debajo.

Él me acercó el cuenco de madera a los labios.

—Bebe. Esto ayudará a que tu cuerpo humano resista la transición. Tu loba necesita entrar en un estado de hibernación profunda si quieres que sobreviva al choque.

Bebí. El líquido era amargo y me quemó la garganta, pero casi de inmediato sentí un calor sedante extendiéndose por mis extremidades. El dolor punzante en mi pecho comenzó a adormecerse, convirtiéndose en una presión sorda.

Kaelen se quedó allí, observándome mientras el brebaje hacía efecto.

—Damián se va a casar con Tania —susurré, sintiendo cómo el sueño me reclamaba—. Ella va a tomar mi lugar. Va a ser la Luna de la Manada de Plata.

—Que lo intente —respondió Kaelen, y su voz fue lo último que escuché antes de caer en la negrura—. Un trono construido sobre la traición es un trono de paja. Y tú, Liam, eres el fuego que lo reducirá a nada.

Soñé con fuego. Pero no era el fuego del hogar que compartí con Damián, ni las velas del salón de ceremonias. Era un incendio forestal, una fuerza de la naturaleza que devoraba todo a su paso. Me vi a mí misma caminando entre las llamas, con el vestido de novia blanco tornándose negro y desintegrándose, dejando paso a una armadura de escamas oscuras.

En el sueño, Damián me gritaba desde la orilla del incendio. Me pedía perdón, me suplicaba que volviera, que me necesitaba. Pero yo ya no tenía oídos para sus palabras. Mi loba, Lyra, ya no era una criatura de pelaje suave y ojos dulces; era una bestia de sombras con ojos plateados como los de Kaelen, y sus garras estaban bañadas en la sangre de los que me habían dado la espalda.

Cuando desperté de nuevo, el sol se filtraba por una pequeña abertura en la parte alta de la cueva. Me sentía más fuerte, aunque un vacío persistente seguía allí, recordándome mi nueva realidad. Me levanté y vi que Kaelen ya no estaba. En su lugar, sobre la mesa de madera, había un conjunto de ropas de cuero resistente y una daga con el mango de hueso.

Me vestí con movimientos mecánicos. El cuero se sentía como una segunda piel, protectora y austera. Al salir de la habitación, me encontré en una caverna mucho más grande que servía como sala de estar y cocina. El lugar estaba lleno de libros antiguos, armas y tarros con ingredientes extraños.

Kaelen estaba afuera, en una terraza natural que daba a un valle oculto entre las montañas más altas de la cordillera. Estaba entrenando. Sus movimientos eran fluidos, casi inhumanos. Cada golpe que lanzaba al aire cortaba el viento con un silbido agudo. Se detuvo en seco cuando sintió mi presencia, sin girarse.

—Has dormido tres días —dijo, su respiración apenas alterada—. Pensé que tu loba se rendiría antes, pero es más terca de lo que pareces.

—¿Tres días? —me acerqué al borde del precipicio. El paisaje era majestuoso, pero aterrador. Estábamos tan alto que las nubes pasaban por debajo de nosotros—. Damián ya debe haber anunciado su unión formal con Tania.

—Y probablemente ya ha empezado la purga de los que te apoyaban en la manada —añadió Kaelen, girándose finalmente. Su rostro estaba serio—. Damián no es solo un traidor, es un político. Sabe que si dejas algún rastro de simpatía atrás, su liderazgo será cuestionado. Tus padres...

Me puse rígida. Mis padres. Eran rastreadores, gente sencilla que amaba a la manada.

—¿Qué les ha hecho? —mi voz tembló de furia.

—Por ahora, solo los ha puesto bajo vigilancia. Los usa como cebo. Sabe que si estás viva, intentarás contactar con ellos. Es un error de principiante, Liam. No puedes volver por ellos. No ahora.

—¡Son mi familia! —grité, dando un paso hacia él—. ¡No puedo dejarlos a merced de ese monstruo!

Kaelen se movió tan rápido que ni siquiera lo vi venir. En un segundo, estaba frente a mí, sujetando mis hombros con una fuerza que me inmovilizó.

—Si vuelves ahora, morirás. Y ellos morirán contigo. No tienes poder, no tienes manada y tu loba está dormida. ¿Qué vas a hacer? ¿Rasguñarlo con tus uñas humanas? ¿Llorar frente a su puerta hasta que se apiade de ti?

Sus palabras fueron como bofetadas. La cruda realidad me golpeó en la cara.

—Damián te rechazó porque te consideraba débil —continuó Kaelen, bajando el tono de voz, pero manteniendo la intensidad—. Si quieres volver, si quieres salvar a tus padres y recuperar lo que es tuyo, no puedes hacerlo como la Liam que él conoció. Tienes que convertirte en algo que lo haga temblar por las noches.

—Enséñame —dije, mirando fijamente sus ojos plateados—. Enséñame a ser eso. No me importa el precio. No me importa si tengo que romperme cada hueso del cuerpo. Quiero que él lamente el día en que decidió que yo no era suficiente.

Kaelen soltó una sonrisa, esta vez real, aunque cargada de una oscuridad peligrosa.

—El entrenamiento de un Ancestral no es para los débiles de corazón, pequeña loba. Te llevaré al límite de tu cordura. Te enseñaré a pelear sin tu loba, para que cuando ella despierte, seáis una fuerza que ninguna manada pueda contener. Te enseñaré a usar el dolor del rechazo como combustible, no como una carga.

Caminó hacia la mesa y tomó la daga de hueso que yo había dejado atrás.

—Esta daga perteneció a una Luna que fue traicionada hace mil años —dijo, tendiéndomela—. Ella no se sentó a llorar. Ella cazó a cada uno de sus traidores y les arrancó el corazón con sus propias manos.

Tomé el arma. El mango estaba frío, pero al tocarlo, sentí una pequeña vibración en la base de mi nuca. Un eco de una rabia antigua que se sincronizaba con la mía.

—Damián cree que el rastro de mi rechazo termina en el barro de su frontera —dije, apretando el mango de la daga hasta que mis nudillos se pusieron blancos—. No sabe que ese rastro lo va a llevar directo a su tumba.

Kaelen asintió, satisfecho.

—Empezamos ahora mismo. Si puedes llegar al final del valle y volver antes de que el sol se oculte, te daré tu primera lección sobre cómo despertar la sangre pura que corre por tus venas. Si no lo logras... bueno, los lobos de abajo siempre tienen hambre.

Miré hacia el valle, una extensión de bosques densos y riscos peligrosos. Mi cuerpo aún dolía, mi pecho seguía vacío, pero por primera vez en mi vida, no estaba buscando la aprobación de un Alfa. Estaba buscando mi propio poder.

Empecé a correr. No por miedo, no por huir, sino por la promesa de la venganza que ahora era mi única razón para respirar. Escuché la risa de Kaelen a mis espaldas, una risa que prometía un infierno antes de la gloria, y me adentré en la maleza con la mirada fija en el horizonte.

Damián pensaba que me había destruido. Pero lo que realmente hizo fue romper las cadenas que me ataban a su mediocridad. Y cuando terminara con él, no quedaría nada más que el rastro de mi rechazo convertido en cenizas.

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