El regreso a la gruta después de haber tenido a Damián bajo el filo de mi daga fue un descenso tortuoso hacia mis propios infiernos. El aire de la montaña, aunque gélido, no lograba enfriar la sangre que corría por mis venas, una mezcla de adrenalina pura y la ponzoña de ese deseo residual que se negaba a morir. Cabalgué bajo la lluvia, dejando que el agua lavara la sangre de los guardias de mi piel, pero el peso de su mirada en la plaza —esa mezcla de horror y anhelo posesivo— se sentía como u