Mundo ficciónIniciar sesiónEl veneno de acónito es una sustancia traicionera. No solo quema la carne, sino que se infiltra en los canales de energía, buscando el núcleo donde reside la loba para apagarlo como una vela bajo la lluvia. Sentía cómo mis venas se tornaban de un color negruzco bajo la piel de mis brazos mientras Kaelen me llevaba de regreso a la seguridad de la gruta.
Cada paso que él daba retumbaba en mi cráneo. El mundo se había convertido en un caleidoscopio de sombras y luces plateadas. —No te desvanezcas ahora, Lia —su voz sonaba lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo—. El veneno está intentando sellar tu conexión definitiva con Lyra. Si te duermes, ella morirá, y tú te quedarás como un cascaron vacío. Un humano con recuerdos de loba. —Duele... —logré articular. El sudor me empapaba el rostro, mezclándose con la sangre seca de los rastreadores que había matado en el valle. —El dolor es la prueba de que todavía hay algo que rescatar —sentenció él. Llegamos al refugio y me depositó sobre una losa de piedra plana rodeada de inscripciones que no recordaba haber visto antes. El frío de la piedra contra mi espalda fue un alivio momentáneo para la fiebre que me devoraba por dentro. Kaelen no perdió el tiempo; tomó un pequeño cuchillo de obsidiana y comenzó a cortar la tela de mi túnica de cuero para exponer la herida del hombro. La carne alrededor del corte estaba amoratada e hinchada. Un líquido oscuro y espeso supuraba de la herida. —Voy a tener que drenar el veneno manualmente —dijo, mirándome a los ojos con esa frialdad plateada que ya empezaba a resultarme familiar—. Y no tengo nada para adormecerte. Necesito que tu sistema nervioso esté alerta para que tu sangre bombee el veneno hacia afuera. Si te anestesio, el acónito se asentará en tus órganos. —Hazlo —apreté los dientes, aferrándome a los bordes de la mesa de piedra—. He sobrevivido al rechazo de un Alfa. Un poco de veneno no va a detenerme. Él asintió con una sombra de respeto cruzando sus facciones. Sin más preámbulos, presionó la herida. Solté un grito que desgarró mis cuerdas vocales, arqueando la espalda mientras sentía cómo sus dedos forzaban la salida de la ponzoña. Era como si estuvieran vertiendo metal fundido directamente en mi sistema circulatorio. —¡Maldito sea Damián! —rugí entre dientes, el odio dándome la fuerza necesaria para no desmayarme—. ¡Malditos sean todos ellos! —Usa eso —me instó Kaelen, vertiendo un líquido transparente sobre la carne abierta que siseó al contacto—. Usa ese odio. Visualiza a Damián. Visualiza a Tania. Imagina que cada gota de este veneno que sale de ti es una parte de la debilidad que ellos plantaron en tu mente. Cerré los ojos con fuerza. En la oscuridad de mi mente, vi la escena del Gran Salón. Vi la mirada de suficiencia de Tania y la indiferencia gélida de Damián. Pero esta vez, no me vi llorando. Me vi de pie, rodeada por el fuego plateado que Kaelen emanaba, viendo cómo sus rostros se derretían ante mi presencia. De repente, un gruñido profundo resonó en mi interior. No era un gemido de dolor, era un sonido de guerra. *Lyra.* La sentí. Estaba allí, en lo más profundo, envuelta en espinas de hielo negro. Estaba luchando contra las cadenas del rechazo que Damián había impuesto sobre nosotras. El veneno de acónito era el último candado, y ella estaba empezando a morder los eslabones. —Eso es... —susurró Kaelen, sus manos brillando con una luz tenue mientras terminaba de limpiar la herida—. Tu linaje está despertando. La sangre de las Lunas de Sangre no tolera impurezas. El alivio fue gradual, pero definitivo. El fuego en mis venas se convirtió en un calor constante y manejable. Mis ojos se abrieron y vi que el color negro de mis venas estaba desapareciendo, reemplazado por un tono saludable. La herida empezó a cerrarse a una velocidad que me dejó atónita; en cuestión de minutos, solo quedó una cicatriz rosada en forma de media luna. Me incorporé, sintiéndome extrañamente ligera. El peso del rechazo, aunque seguía ahí como una cicatriz emocional, ya no me asfixiaba físicamente. —¿Qué me has hecho? —pregunté, tocando la piel nueva. —Nada que no estuviera ya en ti —Kaelen se limpió las manos en un paño—. Solo he quitado la basura que te impedía ver quién eres. Pero no te equivoques, Lia. Los rastreadores que mataste hoy solo son el principio. Damián no descansará hasta confirmar que estás muerta. Ha enviado a sus mejores hombres, y cuando no vuelvan, vendrá alguien peor. O vendrá él mismo. —Que venga —dije, poniéndome de pie. Mis piernas estaban firmes—. Ya no le tengo miedo. —Deberías —me cortó él, su tono volviéndose severo—. La valentía sin poder es solo una forma glamurosa de suicidio. Hoy ganaste porque los pillaste por sorpresa y porque te di un arma que no merecías todavía. Pero si Damián aparece ahora, te rompería el cuello antes de que pudieras parpadear. Él es un Alfa de cuarta generación; tiene el poder de miles de lobos respaldándolo. Caminó hacia un rincón de la gruta y apartó una pesada cortina de cuero, revelando una abertura que conducía a una cámara mucho más profunda y oscura. De su interior emanaba un frío ancestral que me erizó los vellos de los brazos. —Si realmente quieres tu corona, si realmente quieres que él sufra lo que tú sufriste, tienes que entrar ahí —señaló la oscuridad—. Ese es el Pozo de los Ancestros. Allí no hay luz, no hay comida y no hay mentiras. Solo estarás tú y el espíritu de tu loba. —¿Qué tengo que hacer allí? —pregunté, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. —Tienes que someter a tu propia sombra. Damián te rechazó como pareja, pero tú todavía no has aceptado ese rechazo. En algún rincón oscuro de tu corazón, todavía esperas que él se arrepienta, que vuelva por ti, que todo sea un mal sueño. Mientras esa esperanza exista, eres vulnerable. Me dolió porque era verdad. A pesar de la rabia, una parte patética de mí todavía recordaba sus besos, sus promesas bajo la lluvia, la forma en que su aroma me hacía sentir a salvo. —Esa parte de mí ya está muerta —mentí, aunque mi voz tembló un poco. —No me mientas a mí, Liam. Y no te mientas a ti misma. El Pozo detectará esa debilidad y la usará para destruirte. Entrarás como una loba rechazada y saldrás como una Luna de Sangre... o no saldrás nunca. Muchos de mi estirpe murieron en ese lugar intentando reclamar un poder que no estaban listos para manejar. Miré la entrada de la cámara. Parecía la boca de un monstruo dispuesta a devorarme. Pensé en mis padres, atrapados en la Manada de Plata, siendo usados como peones por un hombre que una vez llamé "mi amor". Pensé en Tania, durmiendo en la cama que me pertenecía, luciendo las joyas de la Luna que yo debería portar. La rabia volvió, pero esta vez fue diferente. Fue fría. Fue precisa. —¿Cuánto tiempo estaré ahí dentro? —pregunté, caminando hacia la entrada. —El tiempo no existe en el Pozo —respondió Kaelen, entregándome la daga de hueso—. Solo existe la voluntad. No lleves comida, no lleves luz. Solo lleva tu odio y tu deseo de justicia. Y recuerda: si escuchas la voz de Damián en la oscuridad, no le respondas. Es el eco de tu propia esclavitud intentando arrastrarte de vuelta al barro. Me detuve en el umbral. La oscuridad era absoluta, un muro de negrura que parecía absorber el sonido. —Kaelen... ¿por qué me ayudas realmente? —me giré para mirarlo por última vez antes de entrar—. Me dijiste que odias el desperdicio, pero esto es más que eso. Te estás arriesgando al esconder a una enemiga de la Manada de Plata. Él guardó silencio durante un largo momento. La luz de las velas bailaba en sus ojos plateados, revelando una soledad que me hizo comprender que él también era un desterrado a su manera. Un rey sin reino, un lobo sin manada. —Porque Damián Volkov representa todo lo que está mal en nuestro mundo —dijo finalmente—. Representa la ambición sobre el destino, la política sobre la sangre. Y porque hace tres siglos, yo también amé a alguien que me traicionó por una corona. Quiero ver cómo tú le arrancas la suya. Asentí. Ya no quedaban más preguntas. Entré en la cámara. En cuanto crucé el umbral, el sonido de la respiración de Kaelen y el crepitar de las velas desaparecieron. Fue como si hubiera sido sumergida en un océano de tinta. El frío se intensificó, calando hasta mis huesos, y de repente, el silencio fue reemplazado por mil susurros. Eran las voces de la manada. *“Lia es débil”. “Nunca debió ser nuestra Luna”. “Mírala, ni siquiera puede defenderse”.* Y luego, la voz que más temía. Una voz cálida, seductora, la voz que me decía que me amaba mientras sus manos me rodeaban el cuello. —Lia... —la voz de Damián resonó justo detrás de mi oreja—. Vuelve a casa. Fue todo una prueba. Te necesito. Tania no es nada comparada contigo. Solo tienes que pedir perdón. Solo tienes que arrodillarte una vez más. Apreté el mango de la daga hasta que mis nudillos crujieron. Mi corazón latía con fuerza, gritándome que me diera la vuelta, que lo buscara en la oscuridad, que tal vez era verdad. Pero entonces recordé el sabor del barro en mi boca. Recordé el dolor del acónito drenando de mi hombro. —Tú no eres Damián —susurré a la oscuridad, mi voz firme—. Damián murió para mí en el momento en que rompió el vínculo. Lo que hay aquí solo es un cadáver de mis propios recuerdos. Una risa cruel llenó el espacio. Ya no era la voz de Damián, sino algo monstruoso, algo antiguo. —¿Eso crees, pequeña loba? —el susurro se convirtió en un rugido—. Veamos qué queda de ti cuando te quitemos todo lo que crees ser. De repente, el suelo bajo mis pies desapareció y caí al vacío, rodeada de sombras que se estiraban para desgarrar lo poco que quedaba de mi cordura. Pero en medio de la caída, algo brilló en mi pecho. Un pequeño punto de luz plateada que empezó a expandirse. No era la luz de Damián, era la mía. En algún lugar de esa oscuridad infinita, Lyra abrió los ojos. Y esta vez, sus ojos no eran verdes. Eran del color de la luna más sangrienta.






