Mundo ficciónIniciar sesiónEl barro se filtraba entre mis dedos mientras me arrastraba lejos de las puertas de hierro de la Manada de Plata. El vestido blanco, que horas antes era el símbolo de mi ascenso como Luna, ahora era una mortaja pesada, empapada por la lluvia torrencial que había comenzado a caer como si la propia Diosa Luna llorara mi desgracia. O tal vez se estaba burlando de mí.
—Levántate, Lia —me susurré a mí misma, pero mi voz se quebró, ahogada por un sollozo que se sentía como si me estuvieran clavando cristales en la garganta. Damián me había rechazado. El hombre que era mi otra mitad, el Alfa que juró ante los ancestros que me protegería, me había arrancado el corazón frente a todos y lo había pisoteado para hacerle espacio a una alianza política. El dolor no era solo mental; era una agonía física que irradiaba desde el centro de mi pecho, donde el vínculo solía latir con calidez. Ahora, ese espacio estaba vacío, un agujero negro que devoraba mi energía vital. Lyra, mi loba, no respondía. Estaba acurrucada en la oscuridad de mi mente, gimiendo, herida de muerte por el rechazo de su pareja. Sin ella, yo era poco más que una humana vulnerable en un bosque plagado de peligros. Caminé durante horas, perdiendo la noción del tiempo. Mis pies, descalzos porque había perdido los zapatos en el forcejeo con los guardias, sangraban sobre las piedras afiladas y las raíces. La frontera de la manada estaba lejos, pero sabía que si el sol me encontraba aún en territorio de Damián, los ejecutores no dudarían en cumplir su orden. Para él, yo ya no era Liam, su compañera; era una "intrusa". Un estorbo que debía ser eliminado. El bosque parecía diferente esta noche. Los árboles, que siempre habían sido mis aliados cuando salía a rastrear con mi padre, ahora se alzaban como gigantes sombríos que me cerraban el paso. El aroma a pino y tierra mojada, que antes me daba paz, ahora olía a muerte. De repente, un crujido a mi derecha me hizo congelar. Mi instinto, lo poco que quedaba de él sin la conexión de Lyra, gritó peligro. Me pegué al tronco de un roble centenario, tratando de contener la respiración. —¿Hueles eso? —una voz rasposa, cargada de malicia, rompió el sonido de la lluvia. —Huele a hembra... y a rechazo. Está fresca —respondió otra voz, más aguda, seguida de una risa que me revolvió el estómago. Pícaros. Lobos sin manada, criminales exiliados que vivían en las sombras de las fronteras, esperando a que alguien cometiera el error de alejarse de la protección del Alfa. Y yo estaba sola, debilitada y marcada por el olor rancio del lazo roto, un faro para cualquier depredador. Salí corriendo. No pensé en la dirección, solo en alejarme de aquellas voces. Mis pulmones ardían, el aire frío quemaba mis vías respiratorias como si estuviera tragando fuego. El vestido se enganchó en una zarza, desgarrándose y dejando al descubierto mi piel pálida, que ya empezaba a llenarse de moretones y arañazos. —¡No corras, pequeña loba! ¡Solo queremos jugar! —gritaron detrás de mí. Escuchaba sus pasos, pesados y rítmicos. No se estaban esforzando; sabían que no tenía a dónde ir. Me estaban cazando como a un conejo herido. Tropecé con una raíz traicionera y caí de bruces, golpeándome la frente contra una piedra. El mundo dio vueltas. Un hilo cálido de sangre comenzó a bajar por mi ceja, nublándome la vista. Me di la vuelta sobre mi espalda, jadeando, justo cuando dos hombres salieron de entre los arbustos. Eran sucios, con ojos amarillentos que brillaban con una lascivia que me hizo querer vomitar. Uno de ellos, el más alto, tenía una cicatriz que le cruzaba toda la cara. Se lamió los labios mientras me recorría con la mirada. —Vaya, vaya... el Alfa de Plata ha tirado a la basura una joya muy hermosa —dijo el de la cicatriz, acercándose lentamente—. Es una lástima que se desperdicie así. Nosotros podemos darle un uso... antes de terminar con ella. —¡Atrás! —grité, intentando convocar mi fuerza, pero Lyra solo soltó un quejido débil. Mi cuerpo no respondió. No hubo garras, no hubo colmillos. Solo una debilidad humillante. —¿Dónde está tu Alfa ahora, Lia? —se burló el segundo hombre, sabiendo mi nombre. Probablemente habían estado observando la aldea desde las sombras—. Ah, claro. Está celebrando su compromiso con una mujer de verdad, no con una cría que ni siquiera puede transformarse para defenderse. El hombre de la cicatriz se lanzó sobre mí. Forcejeamos en el barro. Sus manos ásperas apretaron mis hombros, inmovilizándome contra el suelo. Luché, golpeé y arañé con todas mis fuerzas, pero la disparidad de poder era absoluta. Él era un guerrero adulto; yo era una rechazada cuya voluntad estaba quebrada. —¡Suéltame! —le escupí en la cara. Él se rió y levantó la mano para golpearme, pero justo antes de que el impacto llegara, un aullido ensordecedor desgarró la noche. No era un aullido de caza, era un grito de guerra, tan potente que hizo que el suelo vibrara bajo mi espalda. Los dos pícaros se tensaron, mirando hacia la oscuridad del bosque. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Una sombra masiva, más negra que la propia noche, saltó desde lo alto de una roca. Era un lobo, pero no como los que yo conocía. Era gigantesco, con un pelaje erizado y ojos que brillaban con un fuego plateado antinatural. En un parpadeo, el lobo cayó sobre el hombre que me sujetaba. No hubo pelea, solo una masacre. Escuché el crujir de los huesos y el grito ahogado del pícaro antes de que su garganta fuera arrancada. El otro hombre intentó huir, pero el gran lobo fue más rápido. Con una agilidad que desafiaba las leyes de la física, lo alcanzó en dos saltos y lo lanzó contra un árbol con tal fuerza que el sonido del impacto fue definitivo. Me quedé allí, temblando en el barro, mirando los dos cadáveres que yacían a pocos metros de mí. El lobo gigante se giró. Su hocico estaba manchado de sangre, y su respiración exhalaba nubes de vapor en el aire gélido. Se acercó a mí, paso a paso, con una elegancia que me recordó a Damián, pero esta era diferente. Esta era salvaje, antigua, sin la arrogancia del poder político, solo la pureza de la fuerza. Cerré los ojos, esperando el final. Después de todo lo que había pasado, quizás morir bajo los colmillos de una bestia legendaria era un destino más digno que morir a manos de esos hombres. Sentí su aliento caliente en mi mejilla. El olor a ozono y sangre me rodeó. Pero el ataque no llegó. En su lugar, escuché un suave gemido y sentí una lengua áspera lamiendo la sangre de mi frente, limpiando la herida con una delicadeza que me rompió el alma. Abrí los ojos y me encontré con esa mirada plateada. No había malicia en ellos, solo una profundidad infinita, como si estuviera viendo a través de mis huesos, hasta los fragmentos rotos de mi vínculo. —¿Quién eres? —susurré, apenas un hilo de voz. El lobo no respondió con sonidos, pero sentí una vibración en mi mente, un eco lejano que no pertenecía a Lyra. El animal retrocedió unos pasos y, ante mis ojos incrédulos, comenzó a cambiar. Sus huesos crujieron, su pelaje se retrajo y su forma se contrajo hasta que, en medio de la lluvia, un hombre se puso de pie. No llevaba ropa, pero no parecía importarle. Su piel estaba cubierta de runas antiguas que brillaban débilmente bajo la lluvia. Era alto, con músculos tensos como cuerdas de violín y un cabello oscuro que le caía sobre los hombros. Sus ojos seguían siendo plateados, incluso en su forma humana. —Eres la Luna de Plata —dijo. Su voz era profunda, con un matiz metálico que me hizo estremecer. No era una pregunta, era una constatación. —Ya no —respondí, sintiendo cómo el frío volvía a reclamar mi cuerpo—. No soy nada. Me han rechazado. Me han desterrado. El hombre se acercó y se arrodilló frente a mí. No me tocó, pero su presencia era como un escudo contra la tormenta. —El rechazo de un tonto no define tu valor, pequeña loba —dijo, extendiendo una mano hacia mí. Sus dedos eran largos y fuertes, con cicatrices que hablaban de mil batallas—. Damián Volkov ha cometido el error más grande de su estúpida vida. Ha tirado una llave que no sabe que posee. —¿De qué estás hablando? —pregunté, confundida. Mis párpados empezaban a pesar. La pérdida de sangre y el agotamiento emocional me estaban arrastrando hacia la inconsciencia. —Hablo de que el destino es más retorcido de lo que enseñan en tu manada de cristal —él se quitó una capa de piel que llevaba atada a la cintura y la envolvió alrededor de mis hombros. El calor que desprendía era increíble, como si estuviera envuelta en un fuego vivo—. No vas a morir aquí, Liam. No hoy. —¿Por qué me ayudas? —logré articular mientras él me levantaba en sus brazos como si yo no pesara nada. Él miró hacia la dirección donde se encontraba la Manada de Plata, y por un momento, vi un odio en sus ojos que rivalizaba con el mío. —Porque yo también sé lo que es ser borrado por los que deberían amarte. Y porque necesito a alguien con tu fuego para quemar este mundo y construir uno nuevo. Me aferré a su cuello, enterrando mi rostro en su pecho. El aroma a tormenta y poder me envolvió, y por primera vez desde que Damián pronunció aquellas malditas palabras, el vacío en mi pecho no dolió tanto. No sabía quién era este extraño, ni por qué me rescataba, pero mientras el bosque se desvanecía en la penumbra y mis ojos se cerraban, supe que la Liam que lloraba en el barro había muerto esa noche. Lo que quedaba de mí, lo que este hombre estaba rescatando de las sombras, era algo que Damián Volkov nunca vería venir. —Duerme, Luna —susurró el hombre mientras caminaba con paso firme hacia lo profundo del bosque prohibido—. Cuando despiertes, el rastro de tu rechazo será el camino hacia tu trono. La oscuridad me reclamó finalmente, pero ya no tenía miedo. El dolor seguía ahí, latente como una herida abierta, pero la rabia empezaba a cristalizarse en algo sólido, algo que me daría la fuerza para sobrevivir a lo que viniera después. La lluvia seguía cayendo, borrando mis huellas en el barro, borrando mi pasado, dejando solo el camino hacia un futuro que olería a sangre y victoria.






