capitulo 30

El silencio que siguió a la partida de Tania y Kaelen era una sustancia densa, una mezcla de ozono y el frío ártico que Valerius había traído consigo. Me encontraba en el centro del patio, mis runas todavía vibrando con un blanco incandescente que iluminaba las piedras manchadas de sangre. A mi izquierda, Damián jadeaba, con una mano apretada contra su costado herido y sus ojos ámbar fijos en el extraño con una ferocidad que rozaba la locura. A mi derecha, el Príncipe de Escarcha me observaba c
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