El contacto de sus dedos me produjo una descarga que me recorrió todo el cuerpo. A pesar de la herida, a pesar del peligro, la tensión sexual entre nosotros seguía allí, vibrando como una cuerda de violín a punto de romperse. Su mirada se ancló en la mía, y por un momento, la Sombra de la Luna desapareció, dejando solo a la mujer que una vez lo amó más que a su propia vida.
—Tengo que sacarte de aquí —dije, mi voz suavizándose a pesar de mi resistencia—. Tania no se detendrá. Estos eran solo lo