Había pasado la noche en vela, ordenando a los parias que aseguraran los perímetros. Tania estaba encadenada en las mazmorras, privada de su belleza y de su voz, pero su presencia seguía manchando el palacio como una mancha de aceite. Sin embargo, no era ella quien ocupaba mis pensamientos. Era el rastro de sándalo y lluvia que Damián había dejado tras de sí.
Me levanté del trono, sintiendo el roce del cuero contra mis muslos. Mis músculos protestaron ligeramente; la batalla contra las sombra