El aire en el patio de la fortaleza era denso, saturado con el hedor de la magia de ceniza y la estática que precede a una ejecución. Ver a Garek colgado de las murallas, con la carne chamuscada por esas cadenas de fuego violeta, rompió algo dentro de mí que ni siquiera el exilio había logrado tocar. Mi lealtad hacia los parias era lo único puro que me quedaba, y Tania lo estaba usando para decorar su carnicería.
Me detuve frente a la horda, mi espada de cristal proyectando destellos plateados