El rastro de Damián en las sábanas de seda negra era una condena silenciosa. El aroma a sándalo, tormenta y a ese sudor masculino tan suyo se negaba a abandonar mis aposentos, flotando en el aire como un fantasma que se burlaba de mi supuesta fortaleza. Me senté en el borde de la cama, dejando que la túnica de seda resbalara por mis hombros. Mi piel todavía hormigueaba por la fricción de sus manos, y mis muslos conservaban el rastro de un calor que no debería haber permitido que regresara.
Hab