La luz del amanecer se filtraba por las vidrieras rotas del Gran Salón, bañando las ruinas con un tono dorado que me resultaba casi insultante. Estaba sentada en el trono, mi cuerpo vibrando con una energía que no terminaba de asentarse. La ausencia de Damián era un hueco físico en el aire, una corriente de frío que me erizaba la piel a pesar del calor que emanaban mis runas.
El jardín estaba descuidado, las flores marchitas por la magia oscura que Tania había desatado. En el centro, junto a la