capitulo 82

El eco de mis botas contra el suelo de piedra del pasillo principal era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio de la madrugada. La mansión de la manada, que alguna vez sentí como una prisión de cristal, ahora se doblegaba ante mi presencia. No necesitaba una corona física para saber que el poder había cambiado de bando; lo veía en los ojos de los guardias que bajaban la cabeza al verme pasar, y lo sentía en el aire, que vibraba con una electricidad que solo yo controlaba.

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