Dominé el impulso con una voluntad de hierro.
Damián apareció en el claro. Se veía destrozado. La barba le crecía descuidada y sus ojos, antes brillantes de mando, estaban hundidos y rodeados de sombras. Llevaba una túnica sencilla, sin los adornos de Alfa. Se detuvo en el centro del claro, justo donde una vez me prometió que nunca me dejaría sola.
Se dejó caer de rodillas, golpeando la tierra con los puños.
—¡Lia! —gritó, y su voz se quebró, llenando el bosque con un dolor tan puro que c