El tiempo no se mide en días cuando el alma ha sido incinerada y reconstruida con ceniza de estrellas y odio puro. Se mide en el endurecimiento de la piel, en la profundidad de las cicatrices y en el silencio gélido que ocupa el lugar donde antes latía un corazón ingenuo. Tres años habían pasado desde que el nexo colapsó, sepultando a la Liam que suplicaba por amor bajo toneladas de granito. Tres años desde que Damián me vio desaparecer en una explosión de luz prohibida, dejándolo con las manos