El frío del calabozo no era nada comparado con la helada furia que corría por mis venas. Al entrar en el Gran Salón, el aroma a incienso de mirra negra y azufre me golpeó como una bofetada. Tania estaba allí, en el centro de un círculo de runas dibujadas con sangre fresca, luciendo la corona que una vez me perteneció. Sus ojos, antes llenos de una envidia mezquina, ahora destellaban con una ambición frenética alimentada por los Brujos de Ceniza.
Pero mis ojos no se detuvieron en ella. Se clava