219. SIGUEN LAS CONFESIONES

La sala se había quedado en silencio, salvo por el crujir de los documentos que el oficial manejaba con absurda lentitud. Edna se levantó de su asiento, con los hombros tensos y la mirada fija en la ventana; afuera, las luces de la ciudad titilaban como pequeñas promesas, pero todas demasiado lejanas para creer en ellas. Sus labios se fruncieron con una mezcla de rabia y dolor cuando finalmente habló.  

—¿De verdad, señora Edna, no recibió el correo hoy? —preguntó, sin volverse haci
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