El viaje de regreso a la Hacienda Vargas fue, en muchos sentidos, más aterrador que el de ida. Si antes Alejandro conducía con la desesperación de un hombre que intenta salvar una vida, ahora conducía con la precisión letal de un hombre que va a acabar con una.
El silencio dentro del vehículo era absoluto. Alejandro no puso música. No hizo llamadas. Solo miraba la carretera con ojos de depredador, repasando el video de seguridad en su mente una y otra vez. Cada fotograma era un combustible para el incendio que rugía en su interior. El empujón. El grito de Elena. La sonrisa satisfecha de Sofía antes de componer su máscara de inocencia.
Había permitido que una víbora entrara en su nido. Peor aún, la había alimentado, la había protegido y le había dado carta blanca para atacar a la única persona que estaba bajo su supuesta protección.
Al llegar a las puertas de hierro forjado de la hacienda, estas se abrieron inmediatamente. Los guardias de seguridad, hombres corpulentos y armados que Di