La luz del hospital era diferente a cualquier otra. Era una luz blanca, estéril e implacable que no dejaba lugar a sombras ni secretos. Para Elena, despertar bajo esa luz fue como emerger de un océano profundo y oscuro. Los sonidos llegaron primero: el pitido rítmico de una máquina, el murmullo de voces lejanas, el roce de la tela. Luego, el dolor. Un dolor sordo pero constante en su costado izquierdo que le recordaba que seguía viva, aunque no estaba segura de si eso era una bendición o una ma