Mundo ficciónIniciar sesiónEl mundo se redujo al rugido del motor y al borrón verde y gris que pasaba a toda velocidad por las ventanillas del SUV blindado. Alejandro conducía como un hombre poseído, sus manos aferradas al volante con tal fuerza que el cuero crujía bajo sus dedos. El velocímetro marcaba ciento sesenta kilómetros por hora, una velocidad suicida para las carreteras sinuosas que serpenteaban fuera del Valle del Silencio, pero a Alejandro no le importaba.
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