El sonido de un violonchelo resonando en las profundidades de una cueva romana tiene una cualidad sobrenatural. Las notas bajas vibraban contra la piedra milenaria, rebotando en los arcos que los esclavos habían tallado y que los Vargas habían protegido.
Alma Vargas estaba de pie en el centro del escenario improvisado, una plataforma de cristal templado suspendida sobre el antiguo suelo de tierra para no dañarlo. Llevaba un vestido negro minimalista y sostenía una copa de vino vacía como si fue