El regreso de Alex Vargas a la Hacienda no fue el retorno del hijo pródigo que Lucas había imaginado en sus noches de insomnio. No hubo abrazos llorosos en la pista de aterrizaje ni cenas interminables llenas de anécdotas sobre California. Hubo, en cambio, una eficiencia quirúrgica que heló el aire cálido del verano español.
Alex llegó un martes por la mañana, acompañado no solo por su equipaje, sino por un equipo de tres personas que vestían trajes grises y cargaban maletines de aluminio. Y tr