La cabaña del río era pequeña, de madera vieja y piedra, tal como Alejandro la había descrito en su carta. Estaba oculta por un bosquecillo de sauces llorones, cuyas ramas rozaban la superficie del agua, creando una cortina natural que la aislaba del resto de la Hacienda Vargas.
Elena introdujo la llave oxidada en la cerradura. Giró con un chirrido de protesta, como si despertara de un largo sueño. Empujó la puerta.
El interior estaba limpio, aunque olía a encierro. Había una chimenea de piedra