La normalidad en la Hacienda Vargas era un concepto relativo. Para el mundo exterior, eran la imagen de la perfección aristocrática: el magnate del vino reformado, la artista talentosa y sus hermosos hijos corriendo por los viñedos que producían el mejor Gran Reserva del país. Pero dentro de los muros de piedra, la vida era un caos hermoso, ruidoso y, a veces, complicado.
Habían pasado tres meses desde que Lucas Montoya había cruzado el umbral de la casa con su mochila de superhéroes y sus ojos