El calor en el Valle del Silencio era sofocante. No era el calor seco y agradable de julio, sino una pesadez húmeda y opresiva que se pegaba a la piel como una segunda capa de ropa. El cielo, habitualmente de un azul infinito, se había teñido de un tono extraño, un gris metálico con matices verdosos que a cualquier agricultor experimentado le helaba la sangre.
Alejandro Vargas estaba de pie en medio de la parcela "La Joya", la sección más antigua y valiosa de sus viñedos. Arrancó una uva de un