La oscuridad era diferente esta vez. No era la oscuridad fría y húmeda del sótano donde Alejandro la había encerrado semanas atrás. Esta oscuridad olía a tierra seca, a polvo antiguo y a gasolina.
Elena recobró el conocimiento lentamente, luchando contra el dolor punzante en su sien derecha. Intentó llevarse la mano a la cabeza, pero sus muñecas chocaron contra algo duro. Metal.
Abrió los ojos. Estaba sentada en una silla de madera vieja, con las manos atadas a la espalda con bridas de plástico