La luz de la mañana no pidió permiso para entrar. Se coló a través de las cortinas que habían quedado mal cerradas la noche anterior, trazando una línea de fuego dorado sobre la alfombra donde yacía, olvidado y arrugado como un testigo mudo de la pasión desenfrenada, el vestido de terciopelo rojo.
Elena se despertó lentamente, emergiendo de un sueño profundo y sin sueños. Su cuerpo se sentía diferente. Pesado, lánguido, marcado por una sensibilidad nueva en cada centímetro de su piel. Al movers