El monitor cardíaco seguía pitando.
Ese sonido rítmico, mecánico, ajeno a todo lo humano que acababa de ocurrir en esa habitación, fue lo único que llenó el silencio durante los primeros segundos.
Alejandro tenía los ojos fijos en el techo. Su mano había dejado de temblar, pero era la calma equivocada: no la de quien acepta, sino la de quien todavía no ha procesado el golpe.
—¿Qué acabas de decir? —pronunció al fin, sin bajar la mirada.
—Lo que has oído —respondió Valeria. No había crueldad en