Valeria no respondió de inmediato.
No porque no supiera la respuesta. La sabía desde hacía semanas, quizás desde mucho antes, desde algún momento impreciso entre el pasillo del hospital y la cena en la cocina y el banco del parque donde Gabriel le había cubierto la mano con la suya sin pedir permiso ni disculparse por ello. La sabía con esa certeza tranquila que no necesita confirmación externa porque viene de adentro y ya no tiene dudas que la empujen.
Lo que necesitaba era escucharse decirlo