Camila llamó un martes por la mañana.
Valeria reconoció el número porque lo había guardado aquella noche en el apartamento, cuando todo era todavía un nudo que nadie sabía cómo desatar y el aire entre ellas tenía esa tensión específica de las situaciones que no tienen manual. Dudó un segundo antes de descolgar, no por reluctancia sino por la extraña sensación de que algunas llamadas marcan un antes y un después aunque uno no lo sepa hasta después, cuando ya todo ha ocurrido y uno puede mirar at