El trayecto al hospital duró veinte minutos que parecieron una eternidad.
Valeria condujo en silencio, con las manos tensas sobre el volante. En el asiento trasero, Sebastián miraba por la ventanilla sin parpadear, los puños cerrados sobre las rodillas. Lucía, sentada a su lado, le había puesto la mano encima de la suya sin decir nada. Él no la retiró.
Camila ocupaba el asiento del copiloto. Miraba al frente con esa expresión de quien ya ha cruzado el umbral de lo peor y sabe que lo que viene