CAPÍTULO 1: LA FIRMA QUE CONDENÓ AL LOBOEl aroma de las gardenias llegó hasta el automóvil antes de que Alexander Monteverde apagara el motor. No supo de dónde provenía —la hacienda Castañeda estaba rodeada de viñedos, no de flores—, pero el perfume le golpeó el pecho como un mal presagio. Sudaba, No por el calor de junio, sino por el miedo. Su empresa familiar, Monteverde Tech, atravesaba dificultades que sólo él conocía en toda su magnitud, aunque aún no había tenido el valor de confesárselo a su hijo Alejandro. Los acreedores lo acosaban, los bancos le cerraban las puertas, y el apellido Monteverde pendía de un hilo.La llamada del licenciado Venegas, aquella mañana, había sido un clavo ardiendo al que aferrarse.—Don Máximo Castañeda desea verlo. No pregunte por qué. Venga solo.Alexander obedeció sin imaginar que aquel nombre —Castañeda—, que apenas conocía por viejos rumores de un imperio fantasma, estaba a punto de grabarse a fuego en su historia.Don Máximo lo esperaba en el
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