El día de la boda amaneció con sol.
No el sol tímido de los días de otoño que aparece un momento y luego se arrepiente. Un sol claro y sin disculpas, del tipo que parece haber decidido estar ahí y no moverse en todo el día. Como si el cielo también supiera que era un día importante y hubiera decidido estar a la altura.
Valeria lo vio desde la ventana de su habitación mientras Lucía le terminaba de abrochar los últimos botones del vestido. Era blanco, pero no el blanco nupcial de la primera vez.