AURA.
El Mercedes devora los suburbios industriales de Liverpool hasta que el asfalto se convierte en un camino de tierra y baches flanqueado por almacenes abandonados. Christopher conduce con una calma gélida, pero la energía que emana de él es la de un cable de alta tensión a punto de romperse. Nos detenemos bajo la sombra colosal de un puente ferroviario de hierro, donde el eco del metal y la humedad del río Mersey crean una atmósfera asfixiante.
El ambiente me golpea de frente: es una mezcla embriagadora de bajos de música techno que retumban contra las vigas del puente, el olor acre de la marihuana flotando en el aire denso y el aroma metálico del sudor y el alcohol barato. Es un caos perfectamente organizado. Hay fogatas en barriles de metal que proyectan sombras alargadas contra el hormigón, y una multitud ecléctica se agita en la penumbra. Veo mujeres con ropas de cuero bebiendo directamente de botellas, hombres con cicatrices que parecen mapas de guerra y una energía eléctric