AURA.
El rugido del puente ferroviario se funde con el clamor de cientos de gargantas sedientas de violencia. El aire está tan cargado de humo y adrenalina que se siente denso, casi sólido. En el centro del círculo de tierra, Christopher —el Monarca de la Sangre— se mueve como una sombra letal. Su oponente es un gigante de Europa del Este, un bloque de puro músculo apodado "El Carnicero", que lo supera en peso y envergadura, pero no en rabia.
—¡Cien a uno a que el Monarca lo tumba en el tercer asalto! —grita un hombre a mi lado, agitando fajos de billetes ante la cara de Silas.
Silas ni siquiera parpadea mientras toma las apuestas. Me mira de reojo, evaluando mi palidez.
—Míralo bien, muñeca. Christopher no está peleando contra ese tipo. Está golpeando cada fantasma que lo persigue. Está vaciándose para no explotar.
La campana —el golpe de un martillo contra una viga de hierro— suena y el infierno se desata.
El Carnicero lanza un jab de izquierda que Christopher esquiva por milímetros