AURA.
Entramos en la mansión en un silencio denso, pero esta vez no es el silencio de la guerra, sino el de una tregua forzada por el agotamiento. Lo guío hacia la cocina, un espacio inmenso de mármol blanco y acero inoxidable que parece demasiado aséptico para la sangre que Christopher lleva en las manos.
Lo obligo a sentarse en uno de los taburetes de la isla central. Busco el botiquín de primeros auxilios y una jarra con agua tibia. Él se deja hacer, con la mirada perdida en algún punto de la encimera, mientras yo comienzo a limpiar sus nudillos con cuidado. La piel está levantada, en carne viva; el impacto contra la piedra ha sido brutal.
Para romper la tensión que amenaza con asfixiarnos, decido cambiar de tema. Necesito sacarlo de ese pozo oscuro antes de que se ahogue.
—¿Así que esta es tu nueva faceta? —le pregunto, tratando de usar un tono ligero mientras paso una gasa húmeda por su mano—. El gran Christopher Jones, el hombre que lo controla todo con una firma, descargando su