CRHIS.
Abro la puerta de un tirón. No es mi asistente. Es Vance, el investigador privado que contraté hace tres meses con una sola instrucción: desenterrar cada pecado de mi tío Roth.
Vance entra con el rostro pétreo. No dice "buenos días", no mira la oficina. Simplemente camina hacia el escritorio, el mismo donde hace minutos tenía a Aura contra la madera, y deja caer una carpeta de cuero negro. El sonido al chocar con el ébano suena como una sentencia de muerte.
—Señor Jones —dice Vance con una voz que suena a grava—. Lo que me pidió. Está todo ahí.
Me siento en mi silla, ajustándome el cuello de la camisa. Mis dedos aún huelen a ella, a vida, a placer. Pero en cuanto abro la carpeta, el mundo se vuelve gris, sucio y nauseabundo.
Mis pensamientos se congelan.
Paso la primera página. Fotografías. Roth saliendo de un edificio anodino en las afueras de Liverpool. Paso a la segunda. Roth en un club privado que no aparece en los mapas. Luego, los informes de transferencias bancarias: mem